Por Erick León:
San Diego, California. Petco Park Stadium. Allí, entre el rugir del bat y el estallido de la multitud, apareció la figura del Gobernador de Baja California Sur, Víctor Castro Cosío, disfrutando de un partido de los Dodgers. Fotografía en mano, redes encendidas. Sus opositores, claro, frotándose las manos.
“¿Austeridad?”, preguntan con sorna. “¿Ejemplo?”, replican algunos. Y es que, en esta época donde cualquier respiro se vuelve señalamiento, ver al mandatario sudcaliforniano en tierras del Tío Sam resulta, para ciertos críticos, un trago difícil de digerir.
Pero vayamos al fondo. Mientras otros gobernantes del país enfrentan señalamientos, narcomantas, rumores de vínculos con el crimen y, para colmo, sanciones del Gobierno estadounidense que les han arrebatado la visa como quien quita una ficha de dominó, Castro Cosío camina entre las gradas del Petco Park como quien sabe que no carga cadenas. Ninguna prohibición, ningún “no entry” estampado en su pasaporte.
¿No es esto, acaso, un dato revelador? En medio de tanto ruido, de tantas lenguas afiladas, el gobernador de Baja California Sur aparece libre, viajando con normalidad a la nación vecina. Y eso, guste o no, merece subrayarse: si el Gobierno del norte no le ha cerrado la puerta, será porque no hay puerta que cerrar.
Ahora bien, que no se confunda el reconocimiento con el aplauso desmedido. Porque allá, en las tribunas del Petco Park, podrá ondear la bandera de la “franqueza”, pero aquí, en suelo sudcaliforniano, la realidad es otra: Baja California Sur exige liderazgo, resultados, y –sí– una renovación de alianzas. Porque hay pactos que ya no germinan, acuerdos que huelen a tierra estéril, cosechas que se han podrido antes de tiempo.
Así pues, señor gobernador, disfrute el béisbol, respire el aire californiano. Pero que no se le olvide que, cuando vuelva a casa, el juego real se libra aquí, entre la gente que aún espera ver batear un home run en materia de gobierno.
