– Una ciudad de luto, fuerzas de seguridad desbordadas y un clima de psicosis que revela la fragilidad de la paz en Baja California Sur.
Por Erick León – Noticias La Paz
La Paz, Baja California Sur.- El silencio pesaba como plomo en la explanada de la Procuraduría General de Justicia del Estado. Una multitud vestida de negro, con el alma rota y los ojos bañados en lágrimas, acompañaba el féretro cubierto con la bandera de México. Era el adiós a Ulises “N”, un servidor público cuyo deber fue truncado por la violencia que asfixia a Baja California Sur.
Entre sollozos y miradas perdidas, la viuda tomó la palabra. Su voz, quebrada por el dolor y la rabia, resonó en el aire inmóvil. Habló con el alma desgarrada, sedienta de justicia, mientras el entorno parecía guardar un silencio sepulcral, como si hasta el viento se negara a interrumpir el duelo.
El último pase de lista marcó el cierre de una vida dedicada al servicio. Compañeros y amigos levantaron el ataúd con solemnidad y lo condujeron hacia su última morada: el Panteón Jardines del Recuerdo, escoltado por una caravana fúnebre que atravesó la ciudad en medio de un clima de tensión.
Y mientras el cortejo avanzaba, La Paz dejaba de hacer honor a su nombre. Helicópteros sobrevolaban los cielos; patrullas, retenes y elementos armados tomaban las calles. La ciudad entera parecía contener la respiración, sacudida por un operativo de seguridad sin precedentes. Las autoridades rastreaban pistas como quien busca agua en el desierto: hasta debajo de las piedras.
Pero no solo la violencia siembra miedo: algunos medios de comunicación, irresponsablemente, han amplificado el terror al difundir narcomantas como si fueran boletines, olvidando la ética y convirtiéndose en portavoces involuntarios de estructuras criminales. En busca de clics, likes y seguidores, contribuyen a una psicosis colectiva que solo beneficia a quienes quieren ver a la sociedad de rodillas.
La tarde caía con una belleza irónica sobre el horizonte, mientras la sombra de la violencia se alargaba. En Los Cabos, esa misma mañana, intentaron incendiar camiones de transporte público. Los transportistas, aún conmocionados, anunciaron que en breve fijarán su postura ante estos actos de barbarie.
Y en medio de esta atmósfera densa, en la presa de La Buena Fe —hoy seca como el ánimo ciudadano— apareció otra narcomanta, una más en la lista de amenazas que ya se sienten como parte del paisaje urbano. La tensión hierve como olla a presión a punto de estallar.
La noche cae, pero el miedo no duerme.
